domingo, 6 de abril de 2014

Hace veinte años que murió Kurt Cobain...qué vértigo...






Hace veinte años que murió Kurt Cobain. Me acuerdo perfectamente de lo que estaba haciendo ese día, casi como el de las Torres Gemelas. Llevaba puesto un uniforme de colegio y me enteré en el recreo. Alguien lo dijo, así de pasada. Yo ya tenía un par de cintas grabadas, creo que el Bleach y el Nevermind, y oía a ese grupo con auténtica pasión adolescente, o espíritu adolescente, para no salirnos del guion.
La noticia me dejó muy quieta, como esas secuencias de peli en las que todo lo de alrededor se silencia y te quedas solo con tu cabeza. No sé exactamente qué supone que muera alguien que no conoces de nada, pero ocurre.  Supongo que a partir de ese momento a mi madre le gustó menos aún que oyera a Nirvana encerrada en mi habitación, no fuera a ser que... Son tópicos, muchos, pero  terminan funcionando y dando forma a esas existencias tan raras que habitamos en la adolescencia.  Quizá más tópico, pero no menos real, es el hecho de que yo ahora tengo seis años más que él cuando murió. Hoy miraba fotos suyas y me daba cuenta de que era mucho más joven que yo en este momento, lo que me ha hecho sentirme muy mayor. Malditos homenajes. 
Digresiones aparte, cuando el líder de Nirvana murió, empezó a surgir una guerra para determinar quién había empezado a escucharlos antes, ya que los que lo hicieron a partir de su muerte eran poco menos que farsantes. También existía la rivalidad entre los que eran de Nirvana o de Pearl Jam, como si oír a Nirvana a partir del suicidio de Kurt Cobain fuera algo demasiado comercial. Así que ya no sabías qué debías escuchar o hacer para ser más auténtico. La época del aparentaje es dura, por eso creo que, en el fondo, no volvería nunca a ella.  
Y entre Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden y otros grupazos, te metías de lleno en los últimos noventa, te calzabas un jersey viejo, te sentabas en Malasaña (o donde correspondiese) y te sentías parte de algo, que no es poco. 

Es cierto que todo esto es pura nostalgia sesgada, pero es una nostalgia en la que me gustaría quedarme a vivir de vez en cuando…así que…por qué no echar un poco la vista atrás.
Han pasado veinte años de todo esto, lo que significa que ya ha empezado el momento en el que uno se mira al espejo y es consciente de que está empezando a hacerse viejo lentamente, como un suplicio de Tántalo moderno. 

Ahora mismo estoy a punto de tener a mi primera hija y me doy cuenta de todo lo que ocurre en veinte años de una vida, lo breves que parecen a veces y lo tremendamente pesados que son en otras ocasiones.
Sea como fuere, hace veinte años empezó una época en la que nos divertimos mucho, un tiempo que pensábamos que sería eterno y que por mucho que todo cambiase en el futuro, no cambiaría nada. Mi sensación es que teníamos todo el mundo para correr, que las oportunidades eran infinitas y, sobre todo, que podíamos hacer lo que nos diera la gana porque sería posible. 
En la actualidad nos encontramos con un país en crisis económica, social, creativa... Un país desnortado, descontrolado y con ganas de regresar al pasado, pero no al de Nirvana y Pearl Jam, sino a un pasado rancio y con un sabor muy amargo. Pero, sobre todo, tenemos un país triste. No sé si nuestra generación está pagando los felices años noventa o qué, lo que sí creo es que este país se hunde en una especie de pantano como en el que murió Artax
La autocomplacencia del pasado puede llegar a resultar un poco inocente, y para evitarlo pienso en qué pasaría si me encontrase conmigo hace veinte años o quince, si ella se avergonzaría de mí o a mí ella me resultaría una mema. Y…no sé…creo que nos caeríamos bien, nos tomaríamos una cerveza y no tendríamos mucho que echarnos en cara. Eso me reconcilia con el presente y me hace pensar en que siempre hay tiempo para ser feliz.

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